martes, 10 de mayo de 2011

UN DÍA DISTINTO




UN DÍA DISTINTO


Era muy temprano todavía. Llovía copiosamente. Me disponía a salir y en esas llegó una carta de mi hermana. Me invitaba para que la visitara en la Florida. Comencé a recordar los días de nuestra infancia.


Iba tan distraida pensando en mis cosas y en las de mi hermana, que se me pasaron dos taxis. Al fin logro subir a uno. El conductor, joven todavía, simpático, acata mi orden: "lléveme por favor al edificio Antioquia" ¿"el eficio Antioquia?" me interroga, sí donde antes eran Rentas Departamentales. "Bien" me dice, pero siento que me mira fijamente por el espejo del carro. "¿Perdone señora, tiene algún problema?". "No joven, no tenge ningún problema, es que estaba recordando el miedo me nos daba tanto a mi hermana como a mi, las historias que me contaba mi abuelo Juan. "¿por qué, eran muy crueles?" "Ni tanto, sólo que cuando éramos niñas nos daban mucho miedo, pero hoy comprendo que eran solo historias, pero que me han dejado huellas". "A mi también me llegan los recuerdos, ¿sabe?", interrumpe el muchacho; "mi madre me contaba muchas historias", dice con nostalgia. "En las noches ella se me acostaba en mi cama y me contaba historias de fantasmas". Recuerdo que mi abuelo también me contaba historias de fantasmas. Siguió hablando. "¿Recuerda alguna en especial?", le pregunté con voz ansiosa. "Sí, no hay nadie que no haya oído hablar del Río Cauca, y de los espantos que aparecen en sus orillas y siembran el terror entre los pescadores. Le interrumpo, decía mi abuelo Juan, que hace muchos años apareció a todo lo largo del Río Cauca, un hombre con un sombrero inmenso tragado hasta las cejas, a quien empezaron a llamar El Sombreron. Este hombre salía en las noches envuelto en una larga capa negra, negrísima y corría por las orillas del río, como alma que se lleva el diablo.


Al sombrerón le salían grifos azules de la boca y de los ojos le salían chispas amarillas. A lado y lado del río, nadie pudo volver a dormir con tranquilidad. Los pescadores no volvieron a pescar en las noches, y entre los vecinos de los ranchos se hablaba del Sombreron como de un castigo del cielo". "Mi madre me decía", me interrumpe el muchacho, "El sombreron se le robó una camisa nueva a mi tío Francisco Luis y una noche muy oscura, se había llevado también al más pequeño de los hijos de mi tío Pedro". De repente mi mente viajó a un lugar apartado de verdad, a una casa muy grande, vieja, toda pintada de blanco, con una puerta metálica amplia. Con muchas habitaciones, todo muy limpio. En todo el ambiente hay frondosos árboles que dan la sensación de calma, de tranquilidad, escucho los pájaros, veo un lago con tortugas y ranas, contrario a todo lo que hay en ese mundo adentro de cada persona. Me devolví al pasado.


Recordé la casa del pueblo, así, grande, poblada de árboles y un nutrido jardín, mi abuela en la cocina, pilando la mazamorra y asando las arepas en la callana. Viene a mi mente el fogón de leña y la carne colgada de los garabatos. Recordé también al viejo Toño, alegre, chicharachero, que con su vieja guitarra cantaba todas las noches esos ritmos alegres que hacían bailar a los mayores. Recordé también aquella tarde cuando estábamos dando un paseo y llegaron al parque esos personajes que tanto miedo le dieron a mi única hermana. Ella corría tras una pequeña moneda que se le había caido a ese viejo malhumorado y gruñón, el carnicero del pueblo, pero mi hermana quería tenerla, tal vez para comprarse un dulce, y corrió y corrió tras la moneda. Travesuras de niña, sin duda.


Y se alejó tanto que se perdió en medio de la espesura del bosque y cuando la encontré, asustada me dijo que se había encontrado con una mujer que vestía una túnica raída y sucia, de rostro cadavérico, ojos rojos por el llanto, greñuda y con un niño muerto en sus brazos. Recordé que mi abuelo nos hablaba de la Llorona, que era una mulatica quinceañera despabilada y sabrosona ella... Habiendo tenido un hijo por artes conocidas de todo aquel que las supiere y no sabiendo qué camino tomar para no desmerecer ante los ojos de los suyos, decidió ahogar la criaturita una noche de luna. Llegó a la orilla del río y, en un remanso, dejó caer al inocente hijo. Víctima de su remordimiento regresó al poco rato a buscar al hijo de sus entrañas. Y como loca recorría las orillas del río tratando en vano de encontrarlo. Desde entonces en las noches de luna se oye la voz de la Llorona que grita y se lamenta buscando afanosamente a su hijo mientras dice: "aquí lo eché, aquí lo eché... ¿en dónde lo encontraré? Era ese personaje que mi hermana se había encontrado, sin duda.


Pero una voz fuerte me devuelve al presente y me dice, "ya llegamos señora". Hice esfuerzos para ubicarme. "Sí gracias, ¿cuánto le debo por la carrera?". El solo recorrido hacia el asensor me puso tensa. Llegué a mi oficina. Me sentía desorientada y triste. No me había pasado antes, esto de estar entre la realidad y la ilusión, entre el presente y la ausencia, duele, marea. ¿Qué hacer? ¿Quién me ayudaría en mis miedos, en mis silencios, en mi tristeza?


Me dirigí a mi escritorio. Recordé nuevamente lo sensible que soy, que me duele mucho el mundo, los niños, la injusticia, el hambre, pero los combato con mi música, mis flores, mis escritos, mi esperanza. Siempre he sido muy sola, pero eso no riñe con mi alegría y mi esperanza.


Decidí salir de mi oficina. Caminé un rato como reconociendo el espacio; son los lugares comunes que uno comparte día a día, nada novedoso vio a mi alrededor. Las mismas cosas, rostros semejantes, variedad de colores que atraviezan cada lado. ¿Será la rutina que me tiene tan desubicada?, ¿por qué recordar esas historias que me ponen tan mal? Entré a la cafetería que tanto me gusta. Don Jorge un viejo bonachón, saludable como siempre, preocupado por sus clientes, me reconoce. Vino enseguida a preguntarme qué me ocurría. "¿Se siente mal?", me dice en voz baja, casi en susurro de un pecado, "¿qué le pasa?, usted tan educada, tan bien puesta, sin problemas, con su buen trabajo", se rasca su cabeza. Continúa, "pero así son las cosas, uno cree que las personas como usted no tienen problemas". Y luego me dice un compañero de oficina que estaba también cerca, "yo entiendo tu turbación Luzma. Pienso en toda esa solemnidad que manejamos en la vida". Y, remata don Jorge: "es que nosotros la habíamos visto rara estos últimos días".


Quedé en silencio degustando mi café. Creí que me iba a levantar como nueva, después de ese descanso, pero no, las emociones pesan y ayer fue un día de muchos contrastes, de mucho desgaste.


Regresé de nuevo a mi oficina, recorrí el amplio y largo corredor. Un olor a sándalo se desprendía de su interior, es la sensación de alivio. Esperé un buen rato. Comencé mis labores como de costumbre, seguí en mis investigaciones, manejando pruebas, untándome de hechos pasados, y recurdos frescos de los dolientes, sentados en un presente en ocasiones confuso para ellos, ese es mi trabajo: investigar, descubrir, escrudriñar qué pasó con alguien, con rostro o sin él, dónde quedó perdida su existencia, su memoria, su huella, su verdad, su historia.


En la noche al llegar a mi casa, me sentí extraña, un suave estremecimiento sacudió mi cuerpo, me puso alerta, percibí como si alguien me siguiera y, de pronto, pude observar delante de mi y con brutal contundencia un rostro viejo, cansado, de ojos azules, muy azules, de pobladas cejas; que me miraban, no dejaban de mirarme, colgados en una pared...